28 de agosto 2010 - Otro agosto más
Sí, otro agosto más me ha provocado adentrarme en el dolor y la angustia que se siente cuando tienes que despedir a alguien que ha formado parte de tu vida y, en este caso, así ha sido. El ser, cuya ausencia sufro, cumplió su ciclo de una estoica forma, como corresponde a quien de la vida pidió poco y de la que, a la vez, disfrutó mucho –lo material no importa cuando la espiritualidad es tu vivo tesoro-. La rectitud, cuando se tiene, no se aprecia ni de ella se presume, se practica sin más, sin preámbulos, sin recabar en la repercusión que su aplicación pueda originar. Eso era mi hermano, la “personificada rectitud”, la que a algunos hacía sufrir y otros, como yo, siempre ponderamos. Defender una postura, en este mundo tan disperso en opiniones y formas de vivir, es complejo; mantener erguida la figura, y continuar contra viento y marea sin que ninguna situación altere el concepto elevado de lo que debe ser una vida ejemplar, es ardua tarea, pero él, mi hermano, así la mantuvo hasta el último momento de consciencia mental. Estas palabras pueden sonar a halagos póstumos pero, para mi suerte, él, en vida, siempre obtuvo la respuesta demandada y merecida del último vástago de su progenitor –en vida es cuando lo necesitamos y así lo proyecté hacia él-.
Hoy han sido depositados sus restos, hoy he vuelto a depositar, sin prever, los de mi padre; hoy han vuelto a rememorarse en mi mente los recuerdos hacia mi progenitor; hoy, a través de las manos de mi hermano, he vuelto a enterrar a las de mi padre que tan idénticas resultaban.
Cincuenta años atrás, enterré a mi padre, hoy he enterrado lo último que de él me quedaba, la sombra de mi hermano a quien jamás demandé nada, porque jamás me restó. Los años nos permiten dulcificar nuestras expresiones sentimentales y, afortunadamente, yo así lo hice y él así me correspondió.
Vuelvo a subir la cuesta del calvario del recuerdo, de lo vivido y de lo que jamás se volverá a vivir. Es duro el vacío que provocan nuestros seres amados cuando sin aliento nos dejan para nunca volver; pero si de algo nos tenemos que enorgullecer y nos tiene que consolar, es que los disfrutamos, los compartimos y nos acompañaron –esto es como una aromática flor a la que algunos, como yo, denominamos “nostalgia del sentimiento”-.
Podría rememorar instantes compartidos, hablar de la entereza de su esposa, hijos, nueras e incluso nietos; pero todo eso sí que sonaría a “gratuitos halagos”, ellos no lo necesitan ni yo lo resalto porque, evidentemente, han estado a la altura que mi hermano siempre proyectó.
Hoy, como mi única sobrina me acaba de comentar, me he quedado “huérfano de hermanos”, pero con el conocimiento de sus posturas frente a la vida, que tanto y tantas veces me sirvieron de espejo en el que poder reflejarme.
Hoy sus imágenes no están, pero sí sus preguntas sin respuestas, sus respuestas sin preguntas, sus miradas y sus abrazos con el que nuestras almas se confraternizaron.
Gracias a ellos y a ustedes, que tan bien me comprenden.
Roberto Mira |