El espacio deshabitado
Esta noche, y no otra, he notado lo inevitable del resultado que un sentimiento frustrado provoca en el corazón herido. Nadie es culpable, ni siquiera yo, que he estimulado este estado catártico llevado por la necesidad de amar y ser amado. Jamás como hoy, y llevo andando por estos mundos hace años ya, me he percatado de lo que el futuro me depara, porque como intuyo, hasta en eso voy a ser agraciado: conocer y saborear las mieles de la decrepitud. Cada vez entiendo mejor a los presos que en estados de derecho han pasado la mayor parte de su tiempo encerrados entre rejas. El mío, mi tiempo, ha transcurrido igualmente enjaulado entre los hierros que la cárcel que los sentidos forjaron para mí.
Nadie sabe, ni repara en querer saber, la sensación de soledad que produce salir del encarcelamiento y enfrentarse a un mundo nuevo que ya no le pertenece, por lo inhóspito y desconocido. Así me encuentro, joven para unas cosas y demasiado viejo para otras: las placenteras.
Cierto es que todavía puedo, como vaticiné, tirarme a la bebida, fumar tabaco, tomar drogas, morir no de "defecto" sino de "exceso", quizá todo ello me condujera al ideal estado de lo absurdo, para ensombrecer la claridad de la luz de la cruda realidad que me asiste, mas ¿por qué evitar el sufrimiento si con él se crece y en el crecimiento existe la verdad de lo indescifrable, de lo inaccesible, de lo entrañable, de lo efímero desde la sublimidad de lo irreal que tan real parece? En este instante de meditación, incubada por la nostalgia que vuelve a apoderarse de mi hipersensibilidad dañada, recupero los ánimos perdidos para rescatar las sombras que de nuevo ensombrecen la luz de la luna que inunda el jardín abigarrado de los recuerdos. En los espacios designados para las veladas que tantas veces fueron compartidas con amores perdidos, hallados, y presumo que por hallar, no hay beso que llevarse al labio, dedos que entrecruzar con el roce de las manos, ni miradas que enriquezcan la profundidad de la mía.
Todo es sombra inundada por la nostalgia. Todo el espacio es más espacio por el vacío.
Todo es claro por la oscuridad que la noche aclara. Sólo una leve ráfaga de viento acaricia mis enrojecidas pupilas por el llanto habido, y una mueca ridícula, pequeña, absurda, esboza mi rostro al ironizar sobre mi actual estado. Doy vida a un cirio, la de su razón de ser que le llevará a la extinción y me acompaña temblorosa la llama que elevarse quiere. Me llegan sonidos de rugir de olas, el mar me entiende, me comprende y susurra sabedor de mis ausencias otoñales.
El nenúfar rosado, que al de unos labios imita, recuerda una vez más la necesidad de ellos, que demando.
Habrá bocas por besar, labios por beber, lenguas que vencer y en mi sillón contemplo el frutero que la vida me depara. Limitación de los sentidos, es el objetivo próximo, tomaré una droga que sesgue la livianidad sexual, más tarea ardua presumo el poder llegar a conseguir lo mismo con mi capacidad de amar. Transporto en mis venas el estado etílico que el alcohol produce y, aun así, conservo ese grado de coherencia que tan incoherrente me hace percibir todo. Llegará, seguro; cuándo no lo sé pero, por si se adelanta, que desnudo no me halle y siempre pulcro y escueto el corazón que, como nunca, hoy es un inmenso espacio deshabitado en su galopante y desaforado destino.
Roberto Mira Roberto Mira |